La Argentina que supimos destruir

                RedacciónEDA

Por María Laura Beherán

Aunque insistan en que la “turbulencia” ya pasó, la sensación de los argentinos es que estamos en medio de ella. La turbulencia no es la corrida bancaria, la suba del dólar o el anuncio de la vuelta al FMI. La turbulencia son sus efectos. Y eso, lejos de terminar, recién empieza.

Los primeros fríos ya nos anticipan ese malhumor social,  porque al prender las estufas empezamos a percatarnos de que la discusión por el tarifazo en el Congreso, el mes que viene se hará tangible en la factura.

“Hay que pasar el invierno”, es eso, la vuelta colectiva de nuestra memoria a la inolvidable frase del ingeniero Alvaro Alsogaray, en ese entonces ministro de Economía que llegaba a “socorrer” al gobierno de Frondizi  y  presentaba bajo ese lema un durísimo plan de ajuste.

“Muchos años de desatino y errores nos han conducido a una situación muy crítica… Todavía seguiremos por algún tiempo la pendiente descendiente que recorremos desde hace ya más de diez años” rezaba el discurso de Alsogaray transmitido por canal 7 el 28 de junio de 1959. Cualquier parecido con la realidad (después de casi 50 años) no es pura casualidad.

Después de tantas crisis (la más reciente y crítica la del 2001) los argentinos ya entendimos que los gobiernos cambian pero los bolsillos son los mismos. Bolsillos castigados, cansados, hartos de que siempre les metan la mano. Para solventar el pasado y el futuro. El pasado porque hay que pagar la fiesta de los que se fueron y el futuro porque ya lo hipotecaron.

En el mientras tanto nos queda un presente desesperanzador y triste con un 62% de niños en situación de pobreza (dicho por el Observatorio de la Universidad Católica), que crece día a día. Lo que más duele. Es esa sensación de que cambiamos para que nada cambie.

La sociedad necesitaba de la transparencia que prometió Mauricio Macri, necesitaba creerle razón por la que le dio tiempo y lo apoyó con fuerza en las legislativas del 2017.  Pero no fue un cheque en blanco, a dos años y medio de gestión, ya le resulta difícil creer en un gobierno que tiene sus dólares afuera y no confía ni en sí mismo, le es díficil creer cuando “ante el primer resfrío del mundo” recurre al FMI que es una de las peores cosas que le han pasado en su historia reciente.

Un crédito “preventivo”, un FMI “distinto”, basta de minimizar, basta de excesivo optimismo, basta de globos. Como sociedad necesitamos que nos vaya bien y ojalá todavía suceda, pero el gobierno debe ser claro de una buena vez: “acelerar el gradualismo” es igual a AJUSTE en cualquier lengua, “flexibilidad laboral” es echar gente, por más que Durán Barba les de horas extras de “coaching” para evitar las palabritas antipáticas.

A la gente no hace falta que le cuenten porque es lo de siempre, lo de tantas veces: es de manual: y la inflación avisa todos los días lo que pasa (en el supermercado, en el alquiler, las expensas, los remedios, el combustible), y la baja del consumo da cuenta de los locales sin ventas y la gente sin trabajo y la plata que no alcanza.

Basta de verso, porque el descontento con el gobierno de Macri comenzó en diciembre con la reforma jubilatoria y no ha parado de precipitarse en forma estrepitosa,  pero atención toda la dirigencia: este descontento aún no lo ha capitalizado nadie.  Será muy difícil despertar simpatía y credibilidad por estas horas y mostrar una propuesta confiable.

Basta de verso, porque si esto no cambia realmente, lejos de ir como sociedad hacia adelante, retrocederemos también una vez más y el reclamo será el que supo ser: que se vayan TODOS.