EL SINDICALISMO ENTRE MOSTRAR Y ESCONDER. OTORGAR O RESPONDER. CON REFORMA LABORAL DE HECHO.

Edgardo R. Chini

La virulencia en las acusaciones a sindicatos, con allanamientos y diversas intervenciones ministeriales, busca sacar de foco el trasfondo de una realidad que no escatima recursos para aniquilar las conquistas sociales del campo laboral, hoy en máximo Estado de Alerta, sobre expuesto en superficie a partir de un capitalismo financiero y una especulativa atribución a las nuevas tecnologías, a fin de expulsar mano de obra de manera violenta y obscena.

Porque cuantos adjetivos de este tipo podrían utilizarse para criticar la función que cumplen cientos y hasta miles de referentes de otros actores sociales, como el político partidario, el judicial, empresarial, militar, policial, eclesiástico, periodístico y sigue la lista.  Claro que cada ataque a tal o cual dirigente sindical, lejos de pretender una crítica a su rol, avanza en el objetivo de debilitar las estructuras que deben ejercer la defensa de la fuerza del trabajo.

El punto límite obliga entonces a mostrar recursos de enfrentamientos, saliendo del escondite coyuntural que permite un proceso eleccionario, más allá del valor que implica ser parte activa en las propuestas partidarias. Porque a nadie escapa que la Reforma Laboral vino para quedarse. Por lo que el desafío implica asumir sin hipocresías una urgente negociación, animándose a abrir convenios, sin ceder condiciones de empleos ni capacidad de ocupación trabajadora.

Claro que el desmantelamiento de las estrategias, que provoca la actual desunión dirigencial, no ayuda a la magnitud de la batalla y provoca que emerjan ‘franco tiradores’ y divisiones trasladables también a las nuevas generaciones (existen hoy dos “Juventudes Sindicales”), que son muchas veces funcionales a la pérdida de los principales objetivos.

La cuestión de fondo indica que la mesa está servida si empresarios de diferentes de actividades, funcionarios y candidatos circunstanciales, se sienten con los atributos necesarios para afirmar sin tapujos que los objetivos de máxima del proyecto de flexibilización, deben apuntar los cañones a la pérdida de conquistas históricas que estipula la propia ley de trabajo, como el pago de indemnizaciones, horas extras, vacaciones, aguinaldos y otros derechos colectivos.

El sindicalismo argentino quizás deba entonces estar dispuesto a decir lo suyo de manera conjunta, eficientizando consensos en el ejercicio de la comunicación. “Mejor tarde que nunca” dirían las abuelas, “el que calla otorga”, reza el dicho. Así se está produciendo un acuse de recibo del golpe de críticas mediáticas que a diario descalifican a dirigentes gremiales y a organizaciones creadas para representar derechos laborales.

Incluso, hasta de manera burdamente ficcionalizada –no exenta de algún plagio-, en una serie televisiva que pareciera haber sido guionada por trolls, al mejor estilo duraniano, con mediocres recursos de calidad artística. Aunque existan quienes podrían ponerse el poncho de la oferta ‘on demand’ personificada.

Aún así, la tarea de fondo, es conjugar desde el llano de que hablamos cuando hablamos de ‘reconversión’ (sindical sí, pero empresaria y estatal también), en una realidad que en los hechos está precarizando y disminuyendo los puestos empleo, en detrimento de actividades productivas a las que se arrastra hacia su aniquilación, más aún si no provienen de bienes primarios (básicamente agua, energía, alimentos –con su consecuente red de transporte y servicios-), imposibilitando también la alternativa de sumarle valor agregado, tanto para la exportación como para el consumo interno.

El debate sindical pasa entonces por poner en superficie lo que se tiene para mostrar, para poner en juego en esta disputa (que ya no admite doble discursos), de que se trata ejercer la dirigencia sindical, incluso a sabiendas que no alcanza con protagonizar medidas de fuerza circunstanciales, aún con el convencimiento que son impostergables.

Así de enmarañada se exhibe la razón de la hora. Un camino no exento de laberintos, tanto ante la obligación de enfrentar el territorio alambrado de lo ‘macro’ por el poder concentrado (con la postura de máxima de eliminar el derecho a huelga, catalogándola livianamente de SALVAJE ante toda acción directa), como en el reclamo de las bases que exigen una representación a la altura de las circunstancias, en tiempos de deterioro y destrucción del bienestar general de los pueblos.